Mi experiencia en Happy Days

Soy Jorge Enrique Gordillo. Nací en Bogotá a casi mil kilómetros del mar y lo conocí a los 25 años, se imaginarán entonces el respeto y miedo que me produce. Ahora con 74 años cumplidos mi hija y su esposo me conminaron a visitarlos en su actual casa, vale decir HAPPY DAYS.

Inicialmente la visita se planteó para la segunda quincena de mayo de 2020 en alguna parte del Caribe pero llegó la pandemia y nos encerraron. A los “abuelitos” el señor presidente de Colombia, según él para protegernos, nos dio casa por cárcel, por el delito de ser viejos. Esta circunstancia aplazó la experiencia y prolongó los sentimientos encontrados de ilusión y miedo de conocer un poquito más de ese monstruo. Finalmente en los primeros días de diciembre después de ocho largos meses de encierro, sintiéndome un poco más torpe de lo usual y con todas las precauciones y miedos correspondientes viaje a Santa Marta donde me recibieron Gloria y Cedric.

Llegada en Happy Days!!!

De Happy Days, solo mencionaré las dos cosas que más me impresionaron: El aprovechamiento óptimo de los espacios, el velero tiene dos alcobas, dos baños completos, cocina, sala, comedor, centro de comunicaciones, terraza y un sinnúmero de pequeñas bodegas que almacenan los implementos de navegación y los abastecimientos para  los viajes largos. Y por otra parte el inmenso y fuerte mástil así como las grandes velas que lo impulsan, no intenté siquiera comparar el área de las velas con el área del piso pero creo que la razón es bastante mayor que uno.

La visita duró cinco inolvidables días junto con sus noches y aunque nunca me abandonó el miedo la felicidad fue muy grande. Navegamos la mayoría del tiempo cerca de la costa pero las vivencias fueron impactantes. Comenzamos con la inducción por parte del capitán que incluye desde los nombres y utilidades de los objetos en el barco, pasando por recomendaciones de comportamiento y órdenes de lo que se debe y no se debe hacer mientras se esté en el barco anclado o navegando.

La experiencia y experticia de Cedric me permitió navegar en aguas quietas, donde incluso se tiene que hacer uso del pequeño motor para avanzar, en aguas tranquilas, en aguas menos tranquilas y según él, en el recorrido Santa Marta-Cartagena, en aguas nada tranquilas.

Creo haber entendido mejor, por haberlas vivido, frases de uso común como “buen tiempo y buena  mar”, “viento en popa”, “ir contra la corriente” y aunque con un poco más de dificultad en qué consiste el procedimiento de “navegar con viento en contra”; igualmente entendí qué significa decir olas de un metro, de dos metros, de tres  metros etc., el tener que soportarlas moviendo la embarcación no permite ignorarlas.

Es también llamativo el observar sitios que para uno son conocidos como Taganga, El Rodadero, Boca grande y las ciudades mismas como Santa Marta y Cartagena desde un par de kilómetros mar adentro.

Saliendo de Taganga
Entrando a Cartagena desde el mar

En cuanto a sentirse en medio de algo tan inmenso como el mar, lejos de tierra firme y en este pequeño y a mi modo de ver frágil objeto, no me atrevo a describirlo, no lo conseguiría.

Tuve la oportunidad de constatar la extraña amistad de los delfines y el hombre, se acercan en grupo al barco lo rodean, brindan su espectáculo de juegos y casi que posan para la foto y se alejan con sus sonidos de despedida.

Según la opinión del capitán, resulté un buen marinero, porque no tuve las usuales molestias de la mayoría de los primíparos, de mi arsenal de Dramamine solo tomé una pastilla el primer día y sinceramente creo que innecesariamente.

Doy gracias a Dios que me permitió vivir esta inolvidable experiencia al lado de Gloria y Cedric.

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